martes, 7 de junio de 2011

.Fontcuberta y el perro

Estoy mi casa, y ha venido mi tía Montse.  Ha invitado a una señora que es fotógrafa y va a hablar de Fontcuberta. Es una señora de unos sesenta años, muy bajita, rubia, con pelo de estropajo y algo oronda. Lleva gafas redondas con montura metálica, casi tan viejas como ella. Y habla inglés. 
"Pleased to meet you, thank you for coming", le digo. Ella me dice algo y entramos a la casa.

Por dentro, mi casa no parece mi casa, más bien un piso. Está abarrotado de gente, la señora, mi tía, y más gente. Llega mi hermano, con su novia y sus críos. Tiene dos o tres. El pequeño tiene unos cuatro años, es rubio con el pelo rizado. Viene cabreado y coge de la entrada un jarrón con flores, tira las flores y va con el jarrón por ahí dando golpes. Cuando pasa por mi lado, veo que lleva la mano llena de mantequilla y está manchándolo todo. Así que cojo un pañuelo, le agarro la mano, le quito el jarrón y limpio las dos cosas. 

De repente, un perro entra corriendo, es un perro pequeño y peludo, blanco con dos manchas negras, una en el ojo izquierdo y otra en el lomo. Y tan rápido como entra, sale a la terraza a comerse a la coneja. ¡Joder! Dejo al niño, el jarrón y me levanto corriendo para sacar al perro de ahí. La coneja está asustada, en la esquina de la terraza, intentando subir por las paredes y el perro la está intentando coger... y la coge. Y la coneja intenta zafarse y yo que no llego, ay. Consigo sacar al perro de ahí antes de que la mordiera, y miro a la coneja. Pobre, qué susto se ha llevado. Sí, un susto de muerte. La coneja se ha muerto del estrés. Ay, la Connie. 

¿Se puede saber de quién es ese chucho? Si mi hermano tuviera algún perro, sería grande. 

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